domingo, 27 de noviembre de 2011

Murillo (de Henry)





El día y la noche llegan a Murillo de la manera tan súbita y acostumbrada como el sol se levanta o se pone en el trópico. La línea de demarcación podría no ser más que un minuto. Pero el día no es el mejor momento en este lugar: demasiado breve, incierto y susceptible de desbordarse repentinamente en un resplandor helado o en un oscuro amasijo de nubes. Aun así, hay unos días que permanecen en el recuerdo mucho después que uno ha olvidado las caricias de ese alguien tan especial, el contacto de la mano de los mejores amigos o el sabor amargo y sensual de la última cerveza. Pero a mediados de año, el sol se eleva entre la espesa bruma matinal con una potencia inusitada, y al salir a los escalones de la casa a las siete de la mañana, con el morral en la espalda, uno sabe que para las ocho ya habrá desaparecido la escarcha helada de la hierba, y que el polvo de los caminos secundarios quedará inmóvil, suspendido en el aire, durante cinco minutos después que haya pasado un carro antiguo o un vehículo de carga tirado por bestias; y que a la una de la tarde habrá unos quince grados a pleno rayo de sol, el cual sentirá uno quemándole la cara como un hierro candente. La tarde, cuando llega desalojando al pérfido sol, lo hace en algún momento después de las 4 y se queda un tiempo, como un viejo amigo a quien uno ha echado de menos. Se instala, como ese viejo amigo se instalaría en nuestra silla favorita, para sacar la pipa y encenderla y después colmar la tarde de relatos de los lugares donde ha estado y de las cosas que ha hecho desde la última vez que nos vimos. Se queda durante todo el resto del día, y algunos días, durante parte de la noche. Día tras día, el cielo es de un azul duro y transparente, y las nubes que lo atraviesan, siempre de oeste a este, son calmos navíos blancos con las quillas grises. El viento empieza a soplar durante la tarde y no se aquieta. Lo obliga a uno a apresurarse cuando anda por las calles, haciendo crujir las hojas caídas que forman una alfombra susurrante. El viento hace que a uno le duela algo más hondo que los huesos. Tal vez sea que toca algo muy antiguo del alma humana, una cuerda de la memoria de la especie, que tañe: «Emigrar o sobrevivir.». Siempre se opta por lo último. Aunque uno esté en su casa, el viento azota las paredes y los cristales, golpea con descarnada angustia los aleros y, tarde o temprano, uno tiene que dejar lo que estaba haciendo para ir afuera a mirar. Y uno puede quedarse en la escalinata o en la puerta, mediada la tarde, a mirar cómo las sombras de las nubes corren a través de los campos sembrados de papa y de niños y suben por las calles desoladas, oscuras y claras, como si los dioses estuvieran abriendo y cerrando los postigos. Y se puede ver cómo las representantes más tenaces y bellas de toda la flora del páramo se inclinan indefensas al impulso del viento avasallador como una enorme congregación de fíeles silenciosos. Y si no hay carros ni aviones, ni el sonido de ningún animal que ande por los bosques que hay alrededor del pueblo, si lo único que se oye es el lento latido del propio corazón, entonces uno escucha también otra cosa: Es el sonido de la vida que se devana hasta llegar al término de su ciclo, en espera de que las primeras sombras celebren los últimos ritos.
Pasado el ocaso y llegada la noche, la paz y el silencio se apoderan para siempre del poblado, cuyos habitantes se disponen a descansar para iniciar otra jornada de ímprobo trabajo; se los oye levantarse a las 4 o 5 de la mañana, al fortísimo son de sus gallos caseros. Pero mientras llega el alba, se puede disfrutar de un silencio extraordinario mientras se observa un firmamento congelado de luceros indiferentes, donde se distingue claramente el “espinazo de la noche”. En las noches de plenilunio, y mirando hacia el noroccidente, se ve el majestuoso nevado cuyo nombre ya no recuerdo y no me importa; allá, solo, helado e impasible, semeja un eterno guardián cautivo, delegado por las deidades para realzar constantemente nuestra pequeñez e insignificancia. En esos momentos es muy fácil que las lágrimas lleguen a los ojos, pues no se sabe a quién agradecer tanta magnificencia. Unas noches, el aire es frío y calmo; en su quietud, el silencio adquiere una proporción enorme: parece un silencio vivo. En otras ocasiones el viento sopla de firme y es lo único que parece importar; sí, lo único que importa es esa corriente helada que le alborota a uno el pelo. Es un viento tan frío, tan limpio, tan constante, que no hay otro remedio que refugiarse en casa y oírlo al otro lado de las ventanas, meciendo con furia los árboles, mientras se espera con ansia otro día que pasará ligero en medio del trabajo para poder después disfrutar de otra noche de silencio y regocijo. Y en ese momento, cuando uno oye nuevamente el retumbo del corazón que se impone por encima del sonido cadencioso del viento –esta vez con mayor fuerza que en el día, con más poder en las sienes- se da uno cuenta que poco a poco la noche, las sombras y el escalofrío de las montañas se han apoderado para siempre de su alma, y la han enganchado en la más feroz de las adicciones. Y no hay escapatoria posible: la dulzura de la noche y el frío es tan envolvente, que supera la felicidad del más bello pasaje musical.



1 comentario:

  1. Maravillosa descripción. Creo que me transporté hasta allá, LEJOS :)

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